Horacio siempre disfrutó llevándome la contraria. No en pocas ocasiones había defendido de manera vehemente postulados que eran contrarios a sus ideas, solo por el placer de verme contrariado. El tema de Dios no fue una excepción. Ante mí siempre se mostró como un escéptico inamovible, burlándose cariñosamente de mi fe y de mis dudas, con la idea –quizás– de que aprendiera a no dar nada por sentado y de que todo debe ser cuestionado. No obstante, recuerdo especialmente una ocasión en la que estábamos reunidos en casa de uno de los amigos de Horacio, cuando un conocido del anfitrión lanzó una diatriba contra los creyentes, tratándolos poco menos que de imbéciles. Dicho individuo ridiculizó la idea de que las cosas humanas sucedan por voluntad divina: el azar, decía, no debería ser un concepto tan difícil de entender para los creyentes, si se puede demostrar con una moneda. Yo me sentía cada vez más humillado, pero era incapaz de articular palabra. Horacio vio claramente lo que me sucedía y, con sus ojos fijos en los míos y una sonrisa dulce y comprensiva que jamás olvidaré, me dijo: “Querido Nuncio, de todas las tentaciones a la que nos somete el Diablo, la peor es hacernos creer que todo sucede por casualidad”.
Aunque nunca se lo dije por no estropear nuestras divertidas discusiones teológicas, después de aquel día me convencí de la fe de Horacio Pimentel.
es grande Horacio... pero es taaan grande Nuncio!!!!
ResponderSuprimir